Hay varias leyendas e historias que tratan de explicar el origen del nombre de este centro urbano del norte de Tenerife. Y aunque con diferentes en matices, todas coinciden en que proviene de una gran cruz que se instaló en el lugar. Conozcamos más sobre ellas.
El antiguo Puerto de la Orotava
Antes de recibir su nombre actual, el hoy conocido como Puerto de la Cruz era el Puerto de la Orotava, el punto de salida natural de los productos agrícolas del fértil valle donde se encontraba.
Desde finales del siglo XV, tras la conquista de Tenerife, este enclave costero se convirtió en uno de los centros comerciales más importantes de la isla, por donde salían vinos, azúcar y otros productos hacia Europa y América.
Su crecimiento atrajo a nuevos pobladores, dando origen a un pequeño núcleo urbano que, con el paso de los siglos, acabaría adquiriendo identidad propia.
Una cruz frente al mar
El nombre “Puerto de la Cruz” empezó a utilizarse entre los siglos XVII y XVIII y según los registros históricos, el nuevo topónimo se debe a la colocación de una gran cruz de madera en el muelle principal la cual, por un lado, bendecía a los marineros que partían o regresaban de sus travesías y por otro, servía como punto de referencia visual para los navegantes que se acercaban a la costa.
Algunos cronistas defienden que cruz de madera original fue levantada por los primeros colonos como señal de agradecimiento por haber llegado sanos y salvos a la isla y que con el tiempo, esta práctica se convirtió en un ritual recurrente y cada embarcación que llegaba al puerto colocaba una pequeña cruz en señal de fe y devoción.
Las leyendas de un nombre
Sin embargo, existen dos leyendas populares para explicar el origen de la cruz…
La cruz que calmó la tempestad
La tradición popular añade un toque de misticismo a la historia, pues cuentan los antiguos que una noche, una tormenta devastadora azotó el puerto, destruyendo embarcaciones y causando graves daños ante lo cual los vecinos, temiendo perderlo todo, levantaron una gran cruz frente al océano y pidieron ayuda divina.
De manera milagrosa, las aguas se calmaron, y el pueblo interpretó aquel suceso como una señal del cielo y desde entonces, la cruz se convirtió en símbolo de protección, fe y esperanza, quedando el nombre del municipio marcado por aquel acto de devoción.
La cruz y el milagro del naufragio
Existe otra leyenda que ha sobrevivido durante siglos y que contiene también un toque místico en relación con el origen del nombre.
Según la tradición oral, en el siglo XVI, un barco procedente de Cádiz naufragó cerca de la costa de Tenerife. La tripulación, desesperada, logró salvarse nadando hasta la playa, pero en el acto de rescate, uno de los marineros llevaba una cruz de plata que se rompió durante el naufragio.
Los habitantes del lugar, impresionados por el milagro de que todos los tripulantes sobrevivieran, colocaron la cruz en la entrada del puerto como agradecimiento y símbolo de protección. Con el tiempo, el puerto comenzó a ser conocido por todos como el Puerto de la Cruz, en honor a aquel acto que combinaba fe y supervivencia.
Un nombre con alma y memoria
Estas dos historias, aunque difícil de comprobar, reflejan la forma en que las leyendas populares ayudaban a dar identidad a los lugares y la profunda religiosidad de los primeros colonos.
Con el paso de los siglos, Puerto de la Cruz pasó de ser un pequeño puerto de desembarco a convertirse en un núcleo urbano consolidado, pero el nombre Puerto de la Cruz ya estaba firmemente arraigado en la memoria colectiva de la isla.
Hoy en día, la cruz sigue siendo un símbolo presente, no solo por su relación con la religión, sino también en toda su identidad cultural y desde las festividades locales hasta las referencias en la arquitectura, el concepto de protección y guía asociado a la cruz ha trascendido los siglos.
Reflexión final
El nombre Puerto de la Cruz es mucho más que una denominación geográfica: es un testimonio de la historia de Tenerife, de la llegada de los colonos, de la fe de sus primeros habitantes y de las leyendas que ha tejido la memoria colectiva de la isla.
Así que, cuando camines por las calles de Puerto de la Cruz, no estarás disfrutando solamente de sus paisajes y playas, sino que también lo harás sobre siglos de historia y leyenda, pues incluso un simple nombre puede contener un universo de relatos, de fe y de memoria compartida.